jueves, 17 de agosto de 2017

El brillo intermitente en los ojos de los fronterizos







El viento infla lentamente las cortinas y me despierto. Esta leve brisa crepuscular es una bendición en mitad de la implacable canícula de Agosto. En la lejanía se escucha el sonido de un perro que le ladra a la incipiente oscuridad y este se cuela en la habitación hasta mis oídos mermado y difuso, como el primer sonido emitido por un cachorro al nacer, saludando a la existencia. Me incorporo sudoroso y de mala gana, con esa sensación todavía fresca de haber sido expulsado de un lugar mejor. Esa sutil mezcla de tristeza y rabia que a veces se tiene cuando todavía recuerdas algo del sueño que acabas de abandonar. Del sueño que te acaba de escupir sin piedad ni ceremonia, como un hueso de aceituna. Supongo  que en la tierra de los sueños todos tenemos tratamiento de ilegales. Equilibristas de aduana onírica. A ratos sueñas y estás dentro. A ratos te despiertas y fuera. Te lanzan directo por el tobogán de salida hacia la vigilia. Claro que sin pasar por ningún centro de retención de extranjeros ni nada que se le parezca. Puede parecer una estupidez. Algo baladí e intrascendente a lo que solo prestan atención los locos y nefelibatas, pero para unos pocos fronterizos como nosotros esto tiene importancia. Ya lo decía  Alda Merini: “El grado de libertad de un hombre se mide por la intensidad de sus sueños”, y los míos son intensos, sí, pero jaulas… bucles de repetición enfermiza y obsesiva. Por poner una referencia visual: mis sueños suelen ser como una versión pesadillesca, un avatar cruel y sardónico de El año pasado en Marienbad. Por eso cuando tengo un buen sueño, uno agradable, me despierto con esa sensación de vacío o de pérdida, de añoranza de irrealidad. Por suerte esta sensación no dura más que el tiempo que tardas en rascarte la cabeza o enfundar los pies en el calzado. Me pongo de pie y abro la boca como el orco de Bomarzo. Pienso: -Ogni pensiero vola y esa sensación anterior y los pocos restos del sueño se escapan aleteando en silencio por la ventana.
Estiro mi cuerpo como un gato desperezándose mientras observo el paisaje vespertino. No sé si algo ha fallado en el proceso y aún sigo medio dormido pero el paisaje ante mis todavía legañosos ojos es engañoso, totalmente diferente al habitual. Normalmente, la imagen, la realidad adyacente que veo al mirar por la ventana es el huerto yermo frente a mi casa, un naranjo marchito que antaño supo el significado de lozano y fértil pero que ahora solo es un cadáver envenenado que se agarra  al suelo intentando respirar. Más allá, el fondo gris y plúmbeo del cielo, el virus que fagocita el mundo, las omnipresentes fábricas y plantaciones de frustración y ansiedad de las inmensas urbanizaciones y el tejido venoso y purulento de las carreteras que circunvalan la ciudad. El lado siniestro de la obra del progreso industrial. Pero debo estar soñando. Sin lugar a dudas mis ojos contemplan una estampa diferente.  La noche da lugar al día.
Buenos días mundo.


Parque de las Azaleas de Matsumoto








viernes, 4 de agosto de 2017

Despertares



Pierre Bonnard








Toda tu espalda está cubierta de semen y nada que se me ocurra puede mejorar eso. Alguien me dijo una vez que si la primavera me era inaccesible que entonces disfrutara del otoño.  Y es justo lo que hago, me agarro a ti tan fuerte por las mañanas que incluso te hago daño. Te estrujo tan fuerte que cuando terminamos de amasarnos pareces mustia, como si te hubiera robado la juventud. Sin embargo ya sabes que la mía sigue intacta, inmarcesible, a pesar de que cumpla perfectamente los requisitos para aquello de ‘peinar canas’.Ya te avisé. Te lo dije como si fuera un augurio. No folles conmigo por las mañanas o perderás este juego absurdo que tenemos de hacernos daño con todo nuestro amor. Follar conmigo a determinadas horas del día puede desencadenar un aparato místico indescifrable. Un mecanismo de placentera recompensa kármica en compensación por los malos momentos del día anterior. Una magia vital y verdadera, e inútil, ya que deja de funcionar si no es contigo. 

El final del verano se percibe en un tímido bóreas que nos acaricia las piernas sentados en el porche frente a la campiña bostezante. Mate, frutos secos y una sonrisa compartida acompañan la alborada. El desayuno está servido.

Cerró el libro y se levantó, cerró la puerta y se acostó. Y una vez sus ojos estuvieron también cerrados, se cerró también su corazón.