martes, 28 de marzo de 2017

La muñeca hinchable (Javier Tomeo)





Cuando le abandonó su muñeca hinchable, mi amigo pensó que su soledad ya no tenía remedio y se sintió el hombre más infeliz del mundo.
- Fue hermoso mientras duró - me confiesa esta mañana, con los ojos llorosos-. Ni una sola recriminación, ni una sola palabra más alta que la otra, lo nuestro fue, sobre todo, un dulce monólogo.
- Dime- le pregunto-, ¿quién fue, en ese monólogo, el único que hablaba?
- Ella- reconozco.
- Pues no me extraña que al final se fuese con otro- le digo-. El silencio acaba aburriendo a cualquiera.
Continuamos paseando por el parque Z. y al cabo de un rato nos sentamos en un banco recién pintado de verde limón. De un tiempo a esta parte no resulta fácil encontrar un banco en esas condiciones.
- Lo que más me fastidia- sigue confesándome- es que cuando me vaya al otro barrio, no dejaré en este mundo a una esposa que me llore. No habrá nadie que se tome la molestia de incinerarme para conservar mis cenizas en un jarrón de porcelana checoslovaco.
Y después de decirme esas tonterías no añade nada más. Le conozco bastante bien, puede que no vuelva a despegar los labios en todo el día. A partir de este instante tendré que adivinar sus pensamientos por su forma de resoplar por la nariz.


Javier Tomeo

lunes, 23 de enero de 2017